Toda interacción social establecida depende de, o se forma sobre el hecho de que los participantes tienen en común un sistema de símbolos -un sistema cultural- en términos de los cuales interactúan unos con otros. Los sentimientos colectivos encarnan en símbolos materiales que los tornan comprensibles. Entre estos símbolos se encuentran el lenguaje, los mitos, los rituales, las tradiciones, dichos y refranes, las formas de respeto, los modos de saludar o de reverenciar. Los símbolos poseen una importante función cohesiva en el mantenimiento de la identidad y reproducción de los grupos sociales. El nombre del grupo es uno de sus símbolos más importantes.
Una expresión simbólica es socialmente comunicativa, utilizada no por individuos aislados sino por un conjunto de personas. Los símbolos, como representaciones concretas de algo o alguien, tienen validez colectiva cuando un grupo de personas tienen un común una historia y valores fundados sobre comunes representaciones simbólicas. Son símbolos religiosos la cruz, el cuadro, el altar, relicario. Son símbolos políticos la bandera, el himno nacional. Los símbolos sociales tienden a la consecución de un programa social, a la consolidación de un movimiento, un cambio, una ideología. Ejemplos de estos símbolos son instituciones como la iglesia, un partido, un sindicato, personajes históricos como Cristo, Marx, personajes públicos como un sacerdote, un político, objetos emblemáticos como una cruz, una bandera, un libro, una estatua, un retrato, palabras y música evocadoras como un eslogan, una canción. Los símbolos no tienen valor en sí mismos, sino en relación o algo más. Los ritos, ceremonias, manifestaciones, devienen representaciones simbólicas de gran influencia. De igual manera, algunas palabras-símbolo como pueblo, democracia, libertad, inmediatamente evocan sentimientos, emociones, indicaciones e ideales.
Un símbolo es la representación de la realidad percibida cuyos rasgos se asocian con ella en virtud de una convención socialmente aceptada. El símbolo es un signo establece una identidad (generalmente abstracta) con la realidad a la que evoca o representa. El símbolo es la manera de exteriorizar un pensamiento o idea. Un símbolo es un signo con plusvalía de significado. Todo símbolo es un signo, cuyo significado no es auto producido sino atribuido por el conjunto de personas que lo utilizan en clave de comunicación. Un signo es una sensación que interpretamos debido a nuestras imágenes. Cuando nuestras imágenes le dan significado a un signo (por ejemplo a una bandera), éste viene a representar algo más que sí mismo y se convierte en símbolo. La combinación de signo y significado es un símbolo. Las imágenes son predisposiciones a un tipo particular de actividad, al percibir e interpretar estímulos. Las imágenes son tendencias a percibir e interpretar, procesos mentales no visibles y de difícil lectura. Las imágenes son el conjunto de conocimiento subjetivo que una persona posee sobre el mundo, las cosas que piensa que son verdaderas. Pensamos con imágenes y a éstas les atribuimos significados simbólicos. Las imágenes son representaciones mentales a través de los sentidos del gusto, del tacto, del oído, del olfato, de la vista, interpretaciones que le dan significado a la existencia humana. Una imagen es una representación subjetiva de algo previamente percibido. Una vez formadas, las imágenes influyen en lo que vemos y cómo lo vemos, influyen en la formación de nuevas imágenes, y en la medida en que encuentran nuevas sensaciones, las imágenes pueden cambiar.
El politólogo Murray Edelman (1991) consideró que instituciones democráticas como las elecciones, el parlamento, las agencias administrativas, son, en gran medida, simbólicas, y tienen una función expresiva, y no únicamente instrumental. Para Murray Edelman la política es un espectáculo en el que los ciudadanos se involucran como espectadores. En tanto espectadores, las personas sólo se relacionan con el mundo político a través de las imágenes que les proporcionan los medios de comunicación y las que presencian en los actos políticos masivos. Edelman distingue la política como un desfile de símbolos, de la política como actividad y toma de decisiones. En su análisis de la política como espectáculo, considera que los símbolos políticos satisfacen dos necesidades psicológicas: El ajuste social: es decir, la necesidad de pertenencia a un grupo social, la necesidad de crear una conformidad con un grupo de semejantes. La externalización de problemas internos no resueltos, la necesidad de proyectar problemas privados hacia un objeto al cual culpabilizar de los problemas.
Edelman habla del ritual y del mito como dos formas simbólicas que permean a las instituciones políticas. El ritual es una actividad motora que involucra a sus participantes, simbólicamente, en una empresa común. Por tanto, promueve la conformidad y evoca la satisfacción y la alegría que deriva de la conformidad. El ritual crea un modelo simplificado de la realidad que elimina la ambigüedad y la confusión. En el ritual los hechos que no concuerdan con el modelo creado son, simplemente, dejados de lado. El mito no es tanto una actividad, como una construcción simbólica que se socializa universalmente y crea un marco desde el cual se observa la realidad. En las sociedades contemporáneas ciertas creencias políticas son comunicadas socialmente y no son cuestionadas. Estos mitos son necesarios pues sin ellos las desigualdades en riqueza, en ingresos e influencia sobre los actos de distribución de recursos que ejecuta el gobierno, pueden llevar a un amplio resentimiento. Por lo que concierne al liderazgo político, éste no puede ser comprendido si se le considera únicamente
desde una perspectiva meramente instrumental, es decir, si se considera que la reacción de grandes públicos ante el líder es un juicio racional de que el líder puede dar a sus seguidores lo que ellos quieren, y que, por lo tanto debe ser seguido. Los líderes tienen también, una función expresiva, es decir, tienen la capacidad de provocar una fuerte respuesta emocional en grandes públicos. Se pueden convertir en un símbolo. Los escenarios tienen un peso vital sobre los actores, sobre las respuestas frente a actos, y especialmente sobre la evocación de sentimientos y de reacciones estéticas. El elemento común en los escenarios políticos es su carácter artificioso. Están construidos para enfatizar un apartamiento de la rutina diaria de los hombres. Su masividad, el ornamento y la formalidad son las notas más comunes en el diseño de estas escenas, y son presentados para enfocar constantemente la atención sobre las diferencias entre la vida diaria y la ocasión en que entramos en contacto con las instituciones políticas
Los escenarios son relevantes en tres situaciones: La importancia de impresionar a una gran audiencia, que es algo diferente de la necesidad de convencer a un individuo a través de una demostración lógica. La intención de legitimar una serie de actos futuros, y, por tanto, maximizar la oportunidad de obtener aquiescencia para ellos y de obtener cumplimiento de las reglas que encarnan. La necesidad de establecer o reforzar una definición particular del yo en un público oficial.