La primera dificultad que se presenta para definir esta voz es su polisemia. El populismo es una categoría demasiado abierta, y desde la sociología se entiende que
«es un concepto ambiguo, de dudosa utilidad en las ciencias sociales, por losmúltiplessignificados que se le asignan, así como por las variadas manifestaciones del fenómeno a lo largo de su historia» (Ortega, 2011: 139).
Desde la filosofía, Dussel escribe que
«la ciencia social debería rechazarsu uso, porque no cumple con la claridad semántica de ser una denominación que tenga un contenido preciso» (2007: 4).
En unos casos se usa para referirse a políticas neoliberales y autoritarias, y en otros para asociar el concepto con la estrategias de comunicación de un líder político.Y algunos autores consideran que constituye
«una perversión de las democracias modernas y un riesgo para cualquier orden institucional democrático» (Cansino y Covarrubias, 2013).
En la Unión Europea se suele asociar el populismo con el extremismo de derechas y el antieuropeísmo de algunos movimientos, caracterizados por una reacción nacionalista,contra la inmigración, cuya integración rechazan. Ejemplo de ellos serían:Aurora Dorada (Grecia) Frente Nacional (Francia), UKIP (Reino Unido), Partido Liberal (Austria), Partido del Progreso (Noruega), Partido del Pueblo (Dinamarca), Demócratas Suecos (Suecia), y Auténticos Finlandeses(Finlandia). Euroescepticismo, nacionalismo y xenofobia constituirían el triángulo sobre el que pivotan estos movimientos, que prosperan a expensas de los partidos tradicionales y de las instituciones comunitarias, de la que no esperan soluciones para resolver la crisis.
Orígenes del populismo
Los orígenes del populismo están en la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX y en los Estados Unidos de los años 1880 a 1900. El populismo ruso es movimiento intelectual con inspiraciones revolucionarias, que, ante el poder de la nobleza y de los gobiernos autocráticos, reivindicaba las formas de vida de la comuna campesina.
En Estados Unidos, agricultores y granjeros crearon el Partido del Pueblo –conocido como populista-, que planteaba la confiscación de la tierra en manos de especuladores y absentistas, impuesto progresivo sobre la renta, reformas al sistema electoral, propiedad estatal de ferrocarriles, teléfonos y telégrafos, y restricción de la inmigración (García Jurado, 2010).
Diferencias entre el populismo ruso y el norteamericano
Tanto el populismo ruso como el norteamericano tienen su origen en el campesinado, aunque si en Estados Unidos fue un movimiento generado por los propios agricultores y granjeros, en Rusia fue impulsado por intelectuales, que decían interpretar el malestar de los campesinos.El populismo norteamericano partía del individualismo radical, y el ruso idealizaba la vida rural comunitaria.
Y salvo esas y otras diferencias, ambos reivindicaban al hombre del pueblo, frente a las élites: la nobleza y el zar en Rusia, los banqueros, los grandes empresarios, los partidosy el gobierno federal en Estados Unidos. Ambos querían devolver el poder al pueblo. Sobreviven en los populismo actuales algunos de los elementos que caracterizaron a aquellos movimientos: percepción de una situación deficitaria, teoría de la conspiración, la oligarquía contra el pueblo, exaltación del pueblo como actor político, percepción negativa de las instituciones, y necesidad de devolver el poder al pueblo, en cuyo nombre se habla.
El populismo latinoamericano
En el caso del populismo latinoamericano los problemas conceptuales subsisten, como recuerda Freidenberg (2007: 17-23). Germani afirma que los populismo latinoamericano no se originan en una manifestación autónoma de las masas, sino que son impulsados por una elite, o por un líder (1965: 158) Los objetivos de esas iniciativas no siempre coinciden con las aspiraciones de las masas movilizadas por esas elites, aunque Germani acepta que en algunas ocasiones puede darse una identidad de objetivos entre elites y masas, y comparte con Di Tella lo siguiente: el populismo latinoamericano tiene que ver con procesos de desarrollo social y económico, y con una elite que está comprometida en el proceso de movilización social.
Si bien el populismo latinoamericano es utilizado como adjetivo derogatorio –para desprestigiar a los que se oponen al «Consenso de Washington»-, Laclau lo reivindica. Hay quien supone que el discurso populismo latinoamericano prospera en países con débil cultura cívica, o donde los partidos atraviesan una crisis de credibilidad, que supone crisis de representación y de legitimidad (Vallespín, 2006: 11).
Y no falta quien le asigna el estatuto de religión política, como recurso de cohesión social, en un mundo desencantado, necesitado de mitos de religación que faciliten el apoyo al gobernante: los Pserían
«ígneas religiones políticas que poblaron el siglo XX, y que están destinadas adesvanecerse con el avance de la secularización en las sociedades modernas» (Laria, 2011: 17).
Panizza, en cambio, afirma que el populismo latinoamericano ha llegado para quedarse (2005).
Entre los autores que han analizado el populismo latinoamericano destacan Margaret Canovan Gino Germany, Torcuato Di tella, Ernesto Laclau, Francisco Panizza, Enrique Dussel, GhitaIonescu y Ernest Gellner, Flavia Freidenberg y Javier del Rey Morató (Juegos de lenguaje).
El análisis de Laclau
Ernesto Laclau encuentra la clave del fenómeno en una categoría -la demanda social-, que permite estudiar la relación existente entre agentes sociales. Para este autor, «el pueblo» no constituye una expresión ideológica, sino una relación real entre agentes sociales. Entiende que
«el grupo social no es en última instancia un referente homogéneo: su unidad debe concebirse más bien como una articulación de demandas heterogéneas» (Laclau, 2006: 9).
La acumulación de varias demandas insatisfechas puede desembocar en la formación de una frontera social interna, en una dicotomización del espectro político, a través del surgimiento de una cadena equivalencial (equivalencial chaim) de demandas insatisfechas. Y en la medida en que las demandas aisladas (demandas democráticas) entran en una articulación equivalencial instituyen una subjetividad social más amplia (demandas populares) y comienzan a fundar al «pueblo», como actor histórico. Laclaudice que ese es el proceso de una configuración populista en estado embrionario. Y entiende que las precondiciones del populismo son tres:
- Una articulación de demandas, que hace posible el surgimiento del pueblo;
- La unificación de las diversas demandas en unsistema estable de significación;
- La formación de una frontera interna antagónica separando el «pueblo» del poder.
Como Juan Domingo Perón, como Getulio Vargas, como Hugo Chávez, ese líder intenta ser todo para todos, y funcionar como un «significante vacío», que tiene vínculos débiles con significados particulares (Laclau, 2005: 269).
El análisis de Waisbord
Waisbord recuerda que
«ideológicamente, el populismo es un híbrido que no encaja en las categorías y divisiones clásicas del pensamiento occidental» (Waisbord, 2013: 23).
Añade que se le asocia con políticas económicas –industrialización y sustitución de importaciones-, movilización de las masas, personalismo y carisma, nacionalismo, conservadurismo, y transversalidad respecto a las izquierdas y derechas. Y asume que ninguna definición capta lo que distingue al populismo de principios del siglo XX, de la posguerra o de nuestros días. Además, lo que se entiende por populismo es distinto en Estados Unidos, Europa o América Latina.
En Estados Unidos se asocia con nacionalismo, discurso antielitista y política redistribucionista. Y recuerda que el términoarrastra una carga normativa, siendo a veces un adjetivo derogatorio, en tanto que para algunos es una categoría analítica que no implica juicios de valor.
El populismo, los medios y los periodistas
Desde la perspectiva de la comunicación, el populismo no se asocia necesariamente con caudillismo, demagogia o personalismo, dado que estos rasgos no son exclusivos de los movimientos a los que se les asigna ese rótulo, sino que son típicos de varias tradiciones políticas, sin distinción de derecha o izquierda, que no están identificadas con políticas económicas y sociales determinadas. Tampoco la apelación al pueblo es un rasgo exclusivo y diferencial del populismo. El populismo latinoamericano da especial relevancia en su política a los periodistas y a los medios de comunicación, aunque los autores coinciden en que esa atención que prestan a la comunicación no se basa en una ideología clara que fundamente su análisis.
El populismo latinoamericano aplica a la comunicación las categorías schmittianas amigo/enemigo, sobre las que fundamenta su visión estatista, orientada a primar el poder de comunicación del presidente, lo cual supone una concepción del periodismo heterónoma, no autónoma: al juego del mercado –competencia, pluralismo, crítica al poder-, le opone el juego de la política, esto es, a favor/en contra del presidente populista, de su discurso y de sus políticas públicas. Waisbord afirma que «lo mediático» siempre obsesionó al populismo latinoamericano, que siempre estuvo convencido de que su proyecto necesitaba replantear el funcionamiento de los medios, de acuerdo con sus objetivos políticos.
Mediatización de la política, politización de los medios, y una narrativa épica son elementos indisociables del populismo latinoamericano, en una estrategia destinada a privilegiar la comunicación presidencial.
Este autor escribe que el populismo ve la comunicación como una oratoria más que un diálogo, como la reafirmación de verdades particulares más que la búsqueda de acuerdos (Waisbord, 2013: 207). Y añade que las reformas populistas se basan en un corpus ideológico ambiguo e impreciso, y asociadas a una lógica de patrimonialismo mediático.