Los partidos políticos son considerados hoy en día la «columna vertebral» de cualquier democracia, el intermediario necesario para atender a las demandas y satisfacer las necesidades sociales, aunque resultan cada vez más cuestionados. Pese a su crisis, se consideran actores fundamentales en el escenario político actual y para la vida democrática, al punto que resulta difícil imaginar que pueda existir un sistema político sin partidos.
Debido a las escasas características definitorias de los partidos, su enunciación podría incurrir en una ambigüedad semántica y no describir plenamente el término, poniendo el acento en algunos aspectos e infravalorando otros. Asimismo, resulta imposible una definición válida para todo tiempo y lugar, resultando oportuno un enfoque pluridisciplinar para una definición plena del concepto.
Es evidente que la definición del Partido Político no puede constreñirse a la de un grupo de personas unidas por un mismo interés o por un ideal. Para definir a los partidos políticos debemos subrayar algunos elementos comunes a todos ellos: su carácter asociativo, el objetivo de su acción –esencialmente la conquista del poder político–, el ánimo de permanencia temporal, defensa de intereses dentro del Estado. Es importante tener en cuenta el grupo que lo forma (actores), su actividad, las consecuencias y los objetivos que se fijan y el ámbito-contexto en que actúan para así diferenciarlos de los movimientos políticos y sociales, de las asociaciones y de los lobbies.
Los partidos surgen cuando el sistema político ha alcanzado un grado de madurez que permite a los actores políticos participar en la toma de decisiones y son el vehículo para que el pueblo pueda participar indirectamente en la gestión del poder político. Por lo tanto podríamos definirlos como agrupaciones voluntarias de personas unidas por una ideología o por la convergencia programática, que comparten la voluntad de realizar sus objetivos desde el Gobierno y, por lo tanto, compiten en elecciones. Se trataría de una organización jerárquica, estable y durable que pretende influir en la acción del Estado, en la administración gubernamental, elaborando un programa de Gobierno para la sociedad en su conjunto.
El politólogo francés Maurice Duverger definió a los partidos como «una comunidad de una estructura particular, caracterizada principalmente por las relaciones internas entre los miembros de la comunidad» (Duverger, 1957: 11). Para Robert Michels, el partido era un Estado en miniatura que se fundaba, en la mayor parte de los casos, sobre el principio de la mayoría, y siempre sobre el principio de la masa (Michels, 1979: 48). Según Giovanni Sartori,
«un partido es cualquier grupo político identificado con una etiqueta oficial que presenta a las elecciones, y puede sacar en elecciones (libres o no), candidatos a cargos públicos» (Sartori 1980: 91).
Sartori destaca una serie de elementos claves que, aunque no constitutivos de un partido, le determinan: grupo político, elecciones, candidaturas, cargos públicos. Por último, para el politólogo británico Alan Ware un partido político
«es una institución que busca influencia en el seno del Estado, a menudo intentando ocupar posiciones de gobierno, y puesto que normalmente defiende más de único interés social, intenta, hasta cierto punto, agregar intereses» (Ware, 1996: 5).
La definición de partidos políticos está, por lo tanto, condicionada por la presencia de otros conceptos como representación, consenso, ideología, elecciones. Además, los partidos están en interacción constante con las demás partes socio-económicas y su acción se ve influida por esta relación. El objetivo primario de los partidos políticos es obtener el mejor resultado electoral posible en un régimen de competencia con otros partidos.
El concepto de partidos políticos fue evolucionando durante los siglos xviii y xix de forma directamente proporcional al mayor protagonismo del Parlamento en el escenario político. Se suele establecer la Reform Act (1832) como acta de nacimiento formal de los partidos, aunque se consideran las fracciones de tories y whigs existentes en Gran Bretaña con anterioridad a esta fecha, como precursores de los partidos modernos (otros incluso consideran la Grecia antigua y las facciones enfrentadas en la República Romana como los más remotos antecedentes). La extensión del sufragio universal a partir de la Reform Act facilitó la institucionalización de grupos que se ponían como objetivo mejorar la organización del gobierno, incluso proponiendo formas de control monárquico. Según Joseph La Palombara y Myron Weiner, utilizar el término partidos políticos antes de mediados del siglo xix resulta cuando menos impreciso (1972: 8) ya que su conceptualización se desarrolla en esa primera mitad del siglo XIX, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña.
Con anterioridad, para indicar a las personas acomunadas por interés, ideas afines o simpatías personales, se solía utilizar, con notable carga peyorativa, la expresión facciones. El aumento de la participación de los ciudadanos a la vida política, las nuevas atribuciones del parlamento y los cambios socio-económicos determinaron la formación de los partidos.
La palabra «partido» proviene del verbo latín partire, que significa «dividir, partir». Se incorporó al léxico político en el siglo xvii, teniendo en facción y/o secta sus antecedentes más próximos si bien, etimológica y semánticamente, son términos muy distintos: facción, el término más antiguo, deriva del verbo latino facere (hacer o actuar) y designa un grupo político que hace una acción perturbadora o nociva, mientras que secta, del latín secare (separar, cortar, dividir), denota separación. Aunque inicialmente el uso de estos términos parecía indistinto, será con Bolingbroke y sobre todo con Burke cuando se aclare la terminología. Según este último,
«un partido es un cuerpo de hombres unidos para promover, mediante su labor conjunta, el interés nacional sobre la base de algún principio concreto acerca del cual todos se muestran de acuerdo» (Burke: 425-426).
Aunque el término facción seguirá en uso, irá siendo sustituido por Partido, término carente de connotación negativa.
Sobre el surgimiento de los partidos, resulta difícil encontrar una teoría que explique de forma exhaustiva su nacimiento. Las teorías institucionales, entre cuyos defensores se encuentran Moisey Ostrogorski (1902) y Maurice Duverger (1951), consideran que el surgimiento de los partidos viene determinado por el deseo de coordinar la selección y la labor de los elegidos. Así el partido político nace casi como organización auxiliar del órgano legislativo.
Por su parte, Seymour Lipset y Stein Rokkan (1967), consideran que los partidos se desarrollan como consecuencia de una serie de rupturas históricas –desde el desmembramiento de los reinos medievales–, una sucesión de crisis que provocaron la formación de agrupamientos sociales contrapuestos. Se trata ésta, sin duda, de una explicación muy limitada al escenario europeo occidental.
Las teorías del desarrollo, planteadas por La Palombara y Weiner (1966), defienden que el nacimiento de los partidos ha sido una consecuencia natural de la modernización social y que responde a necesidades funcionales del sistema político tal y como ha venido formándose.
Los partidos políticos han ido evolucionando condicionados por los cambios de las sociedades. Y si en un primer momento los mítines y las charlas desenvolvieron un papel importante en la educación política del electorado, seguidamente esta función fue desarrollada por la prensa de partido. Las elecciones se convirtieron en el momento central de la vida del partido, cuyo objetivo era ampliar su espacio electoral y movilizar su maquinaria en busca del voto.
Históricamente, se han dado diferentes enfoques –institucionalista, sociológico, conductista, competitivo,…– para estudiar a los partidos políticos y a los sistemas de partidos, utilizando el termino estasiología, nombre propuesto por Duverger, para indicar la ciencia que estudia a los partidos políticos. Destacan igualmente las obras de Michels, Duverger, Sartori Weber, Ostrogorski, Mair y Sartori, así como las aportaciones de Anthony Downs, Klaus Von Beyme, Robert E. Dowse, John Aldrich, Juan Linz y Otto Kirchheimer, entre otros.
La presencia de nuevos actores sociales, el protagonismo de los medios de comunicación, la complejidad social han modificado el escenario político actual, diluyendo el clásico antagonismo de clase, favoreciendo un electorado menos cautivo y más volátil y alimentado la idea de que los movimientos sociales puedan sustituir la labor de los partidos y contar con un mayor impacto en la política. Los cambios en la competición democrática han influido en las estrategias de los partidos políticos. La desafección ciudadana se focaliza sobre todo contra los partidos, considerados la menos eficiente y la más corrupta de las instituciones políticas, por lo que se cuestiona su estructura, su excesiva burocratización y jerarquización. El malestar generalizado, la insatisfacción del electorado, el déficit de gobernabilidad, la personalización de la política, la reducción de la participación electoral obligan a los partidos a replantearse su identidad.