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Participación política

Como primera aproximación al concepto, Gianfranco Pasquino nos ofrece una definición sintética y plurifuncional. Entiende este autor que la participación política comprende aquel

«conjunto de actos y actitudes dirigidos a influir de forma más o menos directa y más o menos legal en las decisiones de los detentadores del poder en el sistema político o en cada una de las organizaciones políticas así como en su misma selección con vistas a modificar o conservar la estructura (y por lo tanto, los valores) del sistema de intereses dominante» (Pasquino, 1996).

Esta conceptualización de la participación política nos permite al tiempo de una primera aproximación a la idea de la misma, una descripción sistemática de sus componentes estructurales. Podemos formular una serie de consideraciones que en gran medida afectan a los principales puntos de desacuerdo entre los distintos autores en el momento de dar una definición de participación política que nos permite distinguir entre:

  1. Formas activas versus pasivas. Mientras que algunos autores como Pasquino incluyen dentro del concepto de participación política tanto los actos como las actitudes, otros autores por el contrario, limitan el concepto de participación a las actividades. Así, Milbrath (1977) y Verba, Nie y Kim (1978), excluyen del concepto de participación política las actitudes como el grado de interés e implicación política.
  2. Objetos estructurales versus no estructurales. Para algunos autores como Milbrath el concepto de participación política incluye tanto las actividades de apoyo al gobierno como aquellas que intentan influir en las decisiones de los dirigentes políticos, otros como Verba, Nie y Kim limitan el concepto de participación política a las actividades dirigidas a influir en la toma de decisiones, excluyendo la participación ceremonial o de simple apoyo al gobierno.
  3. Objetivos gubernamentales versus no gubernamentales. La mayoría de autores limitan el concepto de participación política a aquellas actividades que tienen como objetivo influir en la esfera gubernamental, mientras que otros autores consideran como forma de participación política aquellas actividades realizadas en la comunidad, fuera de la esfera institucional. En la actualidad, se tiende a reconocer que las fronteras entre la participación política y la participación social en tanto colaboración en asociaciones voluntarias no son nítidas. Así, Verba, Scholozman y Brady (1995) reconocen que la participación voluntaria en la comunidad se entrelaza con la política de diversas formas.
  4. Acciones agresivas versus no agresivas. Durante los años 50 y 60 algunos autores limitaban el estudio de la participación política a las actividades socialmente aceptadas o legales, excluyendo las actividades de protesta. Estas eran vistas como disfuncionales para la democracia y una actividad utilizada por los actores fuera del sistema. No obstante, a partir de los años 70, con la extensión de los movimientos de protesta y las prácticas de civil desobedience, se empezará a prestar atención a las formas de protesta e incluso aquellas que implican alguna manifestación de violencia. Así, se establecerá la distinción entre formas convencionales y no convencionales, mientras que las primeras serían socialmente aceptables, las segundas no se producirían por canales institucionalizados y son consideradas ilegitimas e incluso se incluirían formas ilegales o alegales de participación política. Del mismo modo existe una cierta resistencia a catalogar la violencia política como forma de participación.
  5. Acciones voluntarias versus obligatorias. La mayoría de los autores coincide en destacar el carácter voluntario de la participación política de tal forma que se distingue entre la participación política cuya iniciativa emana de los propios ciudadanos de la movilización en tanto que acciones promovidas por el Estado.

Tipos de participación política

En la actualidad se tiende a reconocer que el voto no es la única forma de participación política y quizá tampoco la más importante; sin embargo, los analistas no muestran un acuerdo claro sobre cuáles son las otras formas de participación política. Así, Milbrath (1977) destaca que en los inicios de la etapa behaviorista, la participación política era definida en la mayoría de estudios como el simple acto de votar. En estudios posteriores realizados durante los años 50 y 60, la definición operacional de la participación política fue extendida para incluir otras actividades relacionadas con el proceso electoral tales como colaborar en las campañas electorales, acudir a debates o mítines políticos, dar dinero a un partido o candidato, etc. A finales de los años 60, algunos estudios intentaron expandir el concepto de participación política, incluyendo no sólo las actividades relacionadas con el proceso electoral sino también otras realizadas en periodos no electorales como el contacto con los dirigentes políticos o la participación activa en organizaciones políticas. Actividades que, en su conjunto, serán consideradas como formas convencionales de participación política. En los años 70, los estudios sobre la participación electoral incorporaron las actividades de protesta, tales como las demostraciones callejeras, los disturbios y violencia política, etc. Estas serán clasificadas como formas no convencionales de participación política, en gran medida identificadas con las actividades de protesta. En los años 90, tiene lugar la última expansión en los repertorios de la participación política, como consecuencia de la erosión de límites claros y precisos entre la participación cívica y la participación política de tal forma que actividades como el voluntariado y el compromiso cívico consideradas anteriormente como formas de participación social, empiezan a considerarse como formas de participación política (Putnam, 2000).

No obstante, la clasificación más generalizada de los tipos de participación, en el campo de la Ciencia Política distingue entre la participación política convencional y la participación no convencional. Según Edurne Uriarte (2002; 276), el concepto de convencional nos remite a tres elementos:

  • Son modalidades de participación estimuladas desde las instituciones del Estado;
  • No aspiran a la transformación o puesta en cuestión del sistema político, y
  • Han sido consideradas hasta muy recientemente como las modalidades tradicionales de la participación en la democracia.

En relación a la participación no convencional, las modalidades más resaltadas de común por la mayor parte de los autores giran en torno a las tres siguientes características:

  • Se trata de actividades no estimuladas ni amparadas por el Estado;
  • Son actuaciones –o actitudes– que aspiran a la transformación del sistema político o la puesta en cuestión de alguna de sus estructuras; y
  • Son consideradas como las modalidades más recientes de participación de las democracias.

Según la teoría democrática tradicional, las personas que gozan de la posibilidad de optar para participar políticamente harán uso mayoritario de la misma. En este contexto, se argumenta que los ciudadanos movilizados se organizarán para intentar ejercer presión sobre quienes toman las decisiones, con el fin de promover sus intereses o satisfacer sus demandas. Mancur Olson, por su parte, planteó que los individuos que forman parte de grandes grupos no suelen comportarse así. No suelen implicarse en la acción colectiva junto a ciudadanos que comparten sus ideas; ni siquiera los ciudadanos que tienen motivos de queja legítimos e importantes acostumbran a organizarse colectivamente. Suelen preferir la inacción personal a la acción colectiva. Mancur Olson mantenía que esta inacción responde a una lógica de elección racional del individuo. Tal racionalidad, sería entendida como la conducta encaminada a maximizar las ganancias esperadas o a minimizar los costes calculados de la acción. Aplicada a la lógica de la acción colectiva, Olson mantiene la hipótesis de que las personas, cuando tienen que decidir si se implican en algún tipo de actividad política de grupo, razonan de la siguiente manera:

  • Los costes y riesgos de esa acción pueden ser demasiado altos (sacrificar tiempo, confort, quizá dinero y, si la actividad es ilegal, incluso poner en riesgo la propia integridad física);
  • Si ya hay un grupo formado que defiende los intereses del individuo, la contribución particular de éste puede resultar prescindible;
  • Si el grupo no logra cambiar la política del gobierno de acuerdo con sus preferencias, quienes se han implicado en la acción colectiva ganan exactamente lo mismo que quienes no lo han hecho: nada.
  • Pero si el grupo tiene éxito, quienes no participaron comparten las ganancias colectivas igual que los comprometidos activistas que asumieron los costes y riesgos de la acción.

Si bien el grado de participación política en las democracias puede variar considerablemente, las principales formas de participación democrática son generalmente las mismas: el voto en las elecciones, así como la movilización organizada por partidos políticos y grupos de interés. Como se explicita en el término abstención, las diferentes cotas de participación, entendidas como el contraste de la abstención, estaban generadas por muy diferentes factores y motivaciones que podrían variar según las circunstancias. De todas formas, se observaba una progresiva tendencia a la disminución de la participación electoral, o ascenso de la abstención en el contexto occidental de los últimos cincuenta años, y un progresivo incremento de la participación media en el conjunto de países latinoamericanos. En la actualidad, se asume que la participación política no es unidimensional sino multidimensional. De tal forma que las distintas modalidades de participación política no sólo se diferencian en función del grado de dificultad o implicación que comportan sino que representan estilos diferentes de implicación en la vida política. Del mismo modo, se tiende a reconocer que las distintas formas de participación política presentan diferencias apreciables en cuanto al grado de coste, información y resultados que comportan. De los diversos estudios realizados, podemos concluir, siguiendo a Norris (2003), que para la mayoría de los ciudadanos en las democracias occidentales su implicación en la vida política se limita a la participación electoral. Esta es considerada no sólo como un tipo de acción política sino que constituye por sí misma una forma de participación política sui generis. Los diversos estudios realizados muestran una débil relación entre el voto y otras formas de participación política. Como hemos señalado, la participación electoral requiere un menor grado de implicación e información del ciudadano que otras formas de participación. Por lo que se refiere a éstas, en su vertiente convencional, hay que destacar que es una minoría de la población la que la ejerce regularmente. Del mismo modo, la mayoría de los ciudadanos en los países occidentales no se implican en formas no convencionales de participación política y, por último, en cuanto a las relaciones entre formas convencionales y no convencionales de participación, la mayoría de estudios tienden a mostrar que éstas no son negativas sino, por el contrario, complementarias.

Bibliografía/s

  • Montero, J. R.; Font, J. y Torcal, M. (2006): Ciudadanos, asociaciones y participación en España. Madrid: CIS.
  • Oñate, P. (2013): «La movilización ciudadana en España en los albores del siglo xxi: una contextualización para el debate», Revista Española de Ciencia Política. Número 33, noviembre 2013.