La identificación partidista puede definirse como un vínculo de carácter psicológico-afectivo, de largo plazo, que un elector establece con un partido político (Campbell, Converse, Miller y Stokes, 1960). Esta variable ha sido central en el análisis político de las últimas décadas, particularmente en los estudios de comportamiento electoral.
A comienzos de la década del 60’ los teóricos de la escuela de Michigan descubrieron que la mayoría de los votantes norteamericanos mantenían vínculos afectivos de largo plazo con los partidos políticos, y que esto explicaba la estabilidad del comportamiento electoral a nivel individual.
El modelo de Michigan sintetiza el proceso de decisión del voto en un modelo denominado «embudo de causalidad» (funnel of causality) que resalta la influencia de variables de carácter actitudinal como la identificación partidista, la imagen de los candidatos o líderes, y las opiniones de los electores respecto a temas de campaña (issues).
Más allá de su rol específico dentro del modelo explicativo del voto, la identificación partidista también juega un papel central en la estructuración de una amplia gama de opiniones y comportamientos políticos (Campbell et. al., 1960; Miller y Shanks, 1996; Dalton y Weldon, 2005).
Muchas democracias occidentales han constatado en las últimas décadas un proceso de desalineamiento, es decir, de disminución del volumen agregado de identificaciones partidistas en un electorado (y el consecuente aumento del electorado «independiente»), conducentes a una mayor volatilidad electoral.