Diariamente, cada individuo es activamente impactado por factores determinantes primarios (los hechos y las informaciones –personales y mediáticas– que reciben) e influenciado, de forma latente o no manifiesta, por una serie de factores determinantes secundarios que contribuyen para, a partir de sus sentimientos y reflexiones, determinar su visión de mundo, consubstanciada en sus actitudes, siendo estos factores determinantes hereditarios (como los biológicos: temperamento, sexo y edad; los psicológicos: motivaciones y carácter; los sociológicos: escolaridad y estrato social) y ambientales (como los económicos: ocupación y renta; los antropológicos: valores, creencias y costumbres; los geográficos: clima, ecología y base racial).
Así, a lo largo del tiempo, las personas desarrollan una predisposición para reaccionar que es inherente a cada individuo (Allport en Murchison, 1935), relativamente duradera, basada en creencias sobre un objeto que las lleva a responder de manera preferencial (Rokeach, 1981), o una disposición mental para una acción potencial (Mann, 1973), que llamamos de actitud. La racionalización de esta actitud (Young, 1963) es expresa verbalmente en la forma de la opinión individual (Thurstone, 1929).
interés o desinterés, en un mecanismo de atención selectiva, selecciona las informaciones que considera relevantes, las va clasificando, simplificando y reduciendo de manera que facilite su asimilación en un mecanismo de retención selectiva. Es cuando se echa mano de los estereotipos, creencias que se refieren a los grupos y categorías sociales humanas, usualmente expresas bajo forma afirmativa, generalmente referentes al presente, de grado de certeza e importancia variable –a depender de quienes cree y del conocimiento sobre tales grupos objetivos, de bajo grado de consciencia, organizadas bajo la forma de sistemas y acompañadas por acciones consistentes con lo que se cree, y dependientes de un fuerte grado de intercambio social– si no estaríamos hablando de creencias e idiosincrasias y no de creencias estereotipadas (Krüger, 1995). En otras palabras, estereotipos son ideas o convicciones clasificatorias preconcebidas sobre algo o alguien, resultantes de una visión convencional, simplificada y formulista (Liv Sovik en Marcondes, 2009).