Aparentemente, el futuro de un hombre en la política depende cada vez menos en lo que en realidad haga que en la manera en cómo maneja sus deslices una vez que estos han salido a la luz pública, sobre todo cuando para su fortuna –o desgracia– se encuentra en plena campaña electoral.
Si bien se puede listar una gama de escándalos que podríamos considerar de interés político, tales como escándalos sexuales, de corrupción, o electorales, todos sin excepción alguna son eventos públicos de importantes consecuencias tanto para los propios políticos envueltos en dichos actos como para el eventual comportamiento de los votantes, debido en gran parte además por la enorme influencia que tienen los medios de comunicación.
De manera reciente se ha considerado que los escándalos políticos (o de la política) tienen tremendas consecuencias en la ciudadanía e incluso pueden llegar a socavar las instituciones democráticas, de ahí que los escándalos políticos sean definidos tanto como eventos frenéticos –mediáticos y políticos– que inicialmente captan una enorme atención y después, de manera gradual o abruptamente, desaparecen (Thompson, 2000), como fenómenos resultantes de una intensa comunicación pública sobre un evento que involucra actores políticos condenado por consenso e indignación universal (Esser y Hartung, 2004).
El escándalo político como fenómeno contemporáneo
Los escándalos políticos son un fenómeno recurrente en las democracias modernas; al parecer existe una inagotable necesidad de dar amplia cobertura, quizás más de la necesaria, al comportamiento sexual, financiero o sobre el ejercicio del poder de los políticos que son revelados al público (Ekström y Johansson, 2006).
Un gran número de literatura reciente muestra que aún hay mucho que aprender acerca de la función de la democracia y la cambiante relación entre los medios de comunicación y la política analizando las precondiciones y características de los diferentes tipos de escándalos políticos (Lull y Hinerman, 1997; Thompson, 2000; Tumber y Waisboard, 2004), sobre todo considerando que los medios de comunicación, tanto los «tradicionales» (como la radio o la televisión) como los «modernos» (como Facebook, Twitter o YouTube) son un elemento fundamental del escándalo como fenómeno político, pues en la actualidad dichos medios han dejado de ser tan solo correas de transmisión para convertirse en participantes activos en el proceso político del escándalo.
Como han argumentado Tumber y Waisboard (2004) el desarrollo del periodismo de investigación ha jugado un rol importante en permitir que los escándalos políticos se hayan convertido en partes significantes de la cultura política en las democracias occidentales, ya que los escándalos políticos encajan perfectamente en una cultura noticiosa en la que el ofrecimiento de lo que resulta escandaloso, espectacular, sensacional y anormal, es la estrategia fundamental para atraer y fascinar audiencias potenciales (Ekström, 2000).
En uno de los textos considerados como de los más importantes por su preciso contenido teórico en el área, Thompson (2000: 1) sugiere que los escándalos son eventos ampliamente difundidos por los medios «porque son eventos constituidos en parte por los medios de comunicación; de esta forma los escándalos se encuentran estrechamente vinculados con lo que él describe como el aumento de la visibilidad de los líderes políticos. En este sentido, el escándalo político se convierte en un ejemplo claro de cómo la visibilidad puede dañar la reputación y el poder simbólico.
El auge de los escándalos políticos
A pesar de que la mayoría de la producción bibliográfica coincide en que los escándalos políticos van en aumento, hay una clara división entre aquellos que consideran que los escándalos están siendo solamente transmitidos o reportados de manera más constante y aquellos que perciben en que son los políticos quienes de forma más continua se han venido involucrando en comportamientos escandalosos que en el pasado.
Para Thompson (2000: 39) los escándalos se encuentran en aumento principalmente debido a la invasión del sistema legal sobre el sistema político, por un lado, y por la transformación en la proyección de los políticos, por el otro, no tanto por cambios en el comportamiento político. Además, encuentra en el auge de la televisión por cable e internet una condición «a través de la cual los demás [políticos] son visibles virtualmente en el mismo cuadro, escuchados en el mismo tiempo en que pronuncian su discurso en vivo o vistos en el momento en que actúan, aún cuando no compartan el mismo espacio físico que los individuos a quienes son proyectados». En consecuencia, los ciudadanos ahora juzgan a los políticos bajo los mismos estándares con que lo hacen en el día a día.
A la par de lo anterior, el crecimiento de los escándalos políticos ha resultado en una correspondiente preocupación con el tema de la corrupción, ya que la mayoría de ellos se encuentra envuelto en algún grado de corrupción, ya sea política o moral. En este sentido Waisboard considera que la percepción sobre la corrupción en un contexto determinado resulta crítica en la producción de ramificaciones socio-políticas del escándalo, pues a su parecer para que los escándalos atraigan la atención del público «requieren de publicidad informativa que contradiga ampliamente las ideas que la sociedad tiene sobre los individuos» (2004: 1090), pues si el público a priori ya percibe que los políticos en general son corruptos, escándalos que pongan en evidencia dicha corrupción fallarían en su cometido (atraer la atención) pues dichas historias tan solo confirmarían lo que ya se sospechaba o esperaba.
Paralelamente a estos razonamientos, algunos otros teóricos explican el auge de los escándalos políticos a nivel global como una consecuencia propia de las normas democráticas de gobierno. Tumber y Waisboard (2004: 1) han notado que los «escándalos encapsulan las dinámicas de accountability» en gobiernos democráticos, y a su vez Esser y Hartung (2004: 1035) consideran que los escándalos sólo pueden tener lugar en una democracia, pues los medios de comunicación necesitan encontrarse con cierta libertad para poder llevar a cabo su rol en la creación del escándalo.
El escándalo y su influencia en el comportamiento del individuo
Tal vez, el mayor debate que se sostiene a nivel académico sobre las consecuencias del escándalo político se dan respecto a cómo éste influye en la confianza del votante. Estos debates se sostienen en dos campos bien diferenciados: por un lado están quienes sostienen que los escándalos se encuentran impulsados por el declive de los partidos políticos y el ascenso de las personalidades políticas, en parte debido a la híper-exposición individual de los políticos frente al electorado; y por el otro se encuentran aquellos para quienes el impacto del escándalo sobre el comportamiento individual de los ciudadanos tiene más que ver con sus niveles de conocimiento general respecto a los asuntos públicos, pues aquellos con altos niveles de educación política presentan efectos contrastantes frente al escándalo, al poder discernir entre el político envuelto en el escándalo y sus circunstancias y los otros políticos que no participan del mismo, lo cual no sucede con quienes poseen bajos niveles de educación política, pues para estos, en general, ninguno de los políticos son dignos de confianza, honradez, o fiabilidad, así se trate de aquellos involucrados en un escándalo o no.
La evidencia empírica ha sugerido que los escándalos políticos inciden en el comportamiento del votante de forma distinta dependiendo del cargo político que se encuentre en juego. Las elecciones en las que se eligen representantes locales por lo general atraen muy poco la atención de los electores y, en consecuencia de ello, los votantes rara vez conocen los nombres y perfiles de sus representantes o sus contrincantes. De manera algo sorprendente, algunas investigaciones incluso sugieren que para este grupo de políticos encontrarse implicado en algún tipo de escándalo puede ser incluso benéfico para su causa (Burden, 2002), puesto que, a estos niveles, la participación en un escándalo incrementa el reconocimiento por parte de los electores del nombre del candidato envuelto en él, lo que puede resultar en un mayor porcentaje del voto a su favor (Mann y Wolfinger, 1980).
Las fases de formación del escándalo
Para Sherman (1989) seis son las fases que perfilan la formación del escándalo político:
- Revelación.
- Publicación.
- Defensa —que puede tomar la forma de negación, contra-ataque o la explicación de la «manzana podrida»—.
- Dramatización —o la conexión de dicho evento a una meta-cuestión que involucra a toda la sociedad entendida ésta como un todo, fase en que la opinión pública se vuelve crítica, pues si las estrategias retóricas fallan en atraer la atención, entonces el evento muere—.
- Procesamiento o acusación —fase en la que los actores asociados con el autor del escándalo intentan hacer valer en su contra los medios a su alcance para sancionar o castigar la culpa del actor o los actores del mismo.
- Estigmatización o etiquetación del perpetrador del escándalo por consenso general.