(Del latín credibilis) Cualidad de creíble. Lo que puede o merece ser creído. Credibilidad hace referencia a la capacidad de ser creído. No está vinculado a la veracidad del mensaje, sino a los componentes objetivos y subjetivos que hacen que las otras personas crean (o no) en dichos contenidos. Vinculado a confianza.
No vinculada a lo real, la publicidad se encuentra «más allá de la verdad y la mentira», basada en la credibilidad y la verosimilitud, no en realidad. El discurso publicitario se basa en la alternancia entre la razón y la emoción, presentando una promesa, presentando una justificación, un argumento o una razón para creer (por lo que), al mejor estilo hopikiniano, y luego olgiviano, desde la conveniencia y de las circunstancias por parte del público, el producto, sus atributos y beneficios para el público. El filósofo francés Gilles Lipovetsky (1944), teórico de la hipermodernidad, en capítulo especial de El imperio de lo efímero –«La publicidad muestra sus garras»– describe la inserción de la publicidad en la política, afirma que el objeto de persuadir al consumidor con base en la credibilidad de los mensajes está presente y , con eso, se tiene una publicidad situada «más allá de lo verdadero y lo falso», cuyo registro (o ¿protocolo?) es la «verosimilitud», no la verdad (Boorstin apud Lipovetsky, 1989), y cada vez más irrealista (¿irreal, surrealista?), fantástica, delirante, graciosa, extravagante. Es la era de la publicidad creativa. Es la evasión: apoteosis de la seducción –la seducción proviene de la suspensión de las leyes de lo real y lo racional, de restar seriedad de la vida, del festival de los artificios– (Serpa, 2013).