Conjunto de herramientas para el análisis político que se fundamentan en la representación corográfica o espacial de los datos relacionados con los procesos electorales. Implica la elaboración y el estudio de mapas que reflejen las pautas de distribución territorial asociadas al ejercicio del derecho al sufragio en zonas delimitadas físicamente por fronteras de carácter geopolítico. La utilización de dichas herramientas supuso el origen y posterior desarrollo de la subdisciplina conocida como Geografía Electoral en la cual interactúan la Ciencia Política, la Sociología y la Geografía para la investigación de las elecciones. La aproximación cartográfica parte de la consideración de que la ubicación territorial o física donde tienen lugar los distintos fenómenos políticos guarda relación con estos. De ahí que para entender la amplitud y las limitaciones de la aportación corográfica al estudio de las elecciones, sea necesario hacer un breve repaso a la geografía electoral con enfoque de investigación.
Geografía electoral y cartografía electoral
La cartografía electoral aparece por primera vez a principios del siglo XX en el trabajo de Siegfried (1913), en el que, de forma originaria, se comienza a prestar atención empírica a las lógicas que podían explicar las diferentes dimensiones del voto. En dicho trabajo se utilizaban los mapas para contrastar las tendencias de los sufragios emitidos con aquellas otras de carácter demográfico y sociológico, permitiendo deducir pautas de relación entre el comportamiento político y electoral y otros factores sociales y económicos. Los patrones de estabilidad territorial se convertían así en el indicador fundamental de las interacciones entre el voto y sus posibles explicaciones causales a través de la comparación de los mapas. La cartografía electoral sustentó así el primer interés de la geografía electoral que posteriormente se ha denominado geografía de las votaciones (Taylor y Johnston, 1979). Tal fue la importancia de estos hallazgos que, por ejemplo, los trabajos posteriores de Lipset y Rokkan sobre los clivajes (1967) tienen un sustento fundamental en esta aproximación.
La aplicación de la visión espacial al estudio de las elecciones tuvo también otros focos de investigación desde sus inicios (Taylor y Flint, 2002). Otra importante rama de análisis geográfico-electoral es la que se fijó en las relaciones entre la representación política y el hecho territorial. Se trata de la geografía de las representaciones (Bosque-Sendra, 1988) y tiene por objeto desentrañar cómo interactúa el territorio en el establecimiento de las fronteras que delimitan los distritos. La observación y análisis del gerrymandering –o cómo la manipulación de los límites en los distritos afecta a la elección de representantes– es un ejemplo típico de esta aproximación. Un tercer foco de atención de la geografía electoral directamente vinculado con los ya expuestos, es el que se ha interesado por las relaciones entre el espacio geográfico y la estructuración de los partidos políticos. Agnew (1990) se refirió a esta línea de estudio como geografía de los partidos políticos y las elecciones.
Una cuarta dimensión de análisis de la geografía electoral, que desarrolla la primera y ha tenido una importante continuidad, es la que se ha fijado en las influencias geográficas sobre la decisión del voto (Bosque-Sendra, 1988). En los trabajos realizados desde este punto de vista, ha sido necesario indagar más allá del acercamiento meramente descriptivo que posibilitaban los estudios originarios para poder detallar de qué manera se llega a producir esa hipotética influencia. A esta vertiente de investigación del Comportamiento político se le ha llamado también análisis de los efectos contextuales del comportamiento electoral (Przeworski, 1974) o simplemente análisis contextual. En puridad, hay que apuntar que no son exactamente sinónimos ambos enfoques, en tanto que la perspectiva contextual abarca también otros métodos de indagación que no utilizan recursos cartográficos. En cualquier caso, los dos análisis comparten la consideración de que el ambiente que engloba al individuo es un factor condicionante en su toma de decisiones políticas, que se puede controlar y determinar empíricamente. El uso de los recursos cartográficos en el análisis contextual o de las influencias geográficas en el comportamiento electoral, resulta ahora mucho más complejo que en las primeras investigaciones y se relaciona con las nuevas oportunidades que ofrecen las técnicas de elaboración y análisis de mapas (Warf y Leib, 2011).
Cartografía como herramienta de análisis electoral
Los análisis cartográficos aplicados a los procesos electorales que se han realizado desde los orígenes descritos hasta la actualidad comparten varias características aunque, como se puede intuir, también se han perfeccionado con el paso de los años. Uno de los principales aspectos que se ha mantenido prácticamente invariable en el tiempo ha sido el de la unidad de análisis y el tipo de datos referidos a esta. Las áreas geográficas que simbolizan diferentes zonas según parámetros territoriales han sido las unidades de análisis propias de la cartografía. Para cada unidad, el conjunto de variables que se pretende observar se construye mediante datos agregados. Estos hacen referencia al conjunto de personas enmarcadas en una unidad territorial o a alguna propiedad ambiental asociada a dicha unidad. No obstante, también es posible en la actualidad realizar análisis espaciales que no sean necesariamente referidos a áreas geográficas, sino a la ubicación de una unidad de estudio o sus variables asociadas en posiciones concretas de un plano –es decir, el uso de datos georreferenciados–. En cualquier caso, una de las principales aportaciones que derivó de la cartografía electoral inicial respecto a la unidad de análisis –y que trascendió el ámbito de la geografía electoral– fue la necesidad de utilizar diversos niveles para cubrir la totalidad de la observación electoral: países, regiones, provincias, municipios, distritos electorales, barrios, etc.
Respecto de las técnicas de análisis de los datos, la cartografía electoral sí ha experimentado importantes cambios. Tal y como se ha explicado previamente, en sus orígenes, las posibilidades de investigación se reducían a la observación y visualización de los patrones espaciales que se reflejaban en los mapas electorales y su coincidencia con otras dinámicas sociales o demográfico-espaciales. La fórmula de observación predominante era la deducción meramente intuitiva. Sin embargo, el uso y análisis de datos agregados que posibilitó la cartografía electoral fue dotado de una mayor consistencia empírica incorporando metodologías estadísticas para examinar las relaciones entre las variables de carácter agregado. Este tipo de aproximación se ha denominado análisis ecológico del comportamiento electoral (Bosque-Sendra, 1988) e intentó proyectar relaciones de inferencia o causalidad en las explicaciones de los fundamentos del voto. Sin embargo, este análisis conllevaba algunas limitaciones importantes. Al usar datos referidos a unidades territoriales e intentar responder a las lógicas del ejercicio del sufragio, se incurría en lo que Robinson (1950) denominó falacia ecológica, o lo que es lo mismo, pretender explicar un comportamiento individual desde inferencias grupales. Así, aunque se halle una relación consistente entre las características colectivas, estas no tienen por qué ser extrapolables a los individuos. Por otra parte, la delimitación espacial tiene siempre un componente de arbitrariedad, en tanto que la existencia de una relación en un entorno territorial puede ser totalmente espuria y condicionada por la forma en que se han señalado sus fronteras. Por estos y otros problemas los métodos cartográficos y ecológicos fueron desplazados a un segundo lugar en la segunda mitad del siglo XX por los enfoques individuales mediante encuestas y otras estrategias cualitativas.
A finales del siglo XX y sobre todo a principios del siglo XXI, el diseño de diferentes Sistemas de Información Geográfica (SIG) en forma de paquetes informáticos y la irrupción del Análisis Exploratorio Espacial de Datos (ESDA, Exploratory Spatial Data Analysis) vinculado a los anteriores, posibilitó un nuevo impulso en los estudios cartográficos y geográficos, que ha tenido también un importante eco en los estudios electorales (Warf y Leib, 2011). Los SIG permiten organizar, almacenar y procesar los datos de carácter espacial para su representación en mapas o cartogramas. Ofrecen posibilidades de trabajo complejas y representaciones visuales sofisticadas como por ejemplo diversas variables simultáneamente o patrones de relación entre datos. El ESDA, por su parte, consiste en la exploración de los datos de naturaleza espacial para la definición de relaciones sistemáticas, la determinación del grado de asociación espacial o la aplicación de técnicas geoestadísticas (Rodrigues-Silveira, 2013). La combinación de SIG y ESDA permite además la realización de exploraciones de los datos agregados –e incluso de estos en combinación con datos individuales– y su conexión espacial con estrategias como histogramas, diagramas de cajas o de dispersión, análisis de clusters, cálculo de la autocorrelación espacial, modelización de regresiones espaciales, etc. Estas técnicas se aplican en la actualidad de forma significativa en los estudios sobre los efectos del contexto en el comportamiento político.
Cartografía electoral y estrategia política
Los métodos y herramientas de la cartografía electoral pueden tener múltiples utilidades en el diseño de estrategias político-electorales. Por ejemplo, constituyen una herramienta muy importante en el establecimiento del escenario electoral previo a la celebración de unos comicios a través de un estudio minucioso de los datos agregados. Además, pueden ayudar a definir las prioridades territoriales de una campaña electoral, o lo que es lo mismo, la planificación óptima de una campaña puerta a puerta. Sirve también para situar geográficamente una bases de datos de electores y determinar cuál es la influencia que se tiene sobre un espacio concreto. En cualquier caso, aunque por sí sola la cartografía electoral pueda resultar insuficiente enfocar una estrategia eficiente de carácter político-electoral, lo cierto es que no considerar la importancia del contexto territorial puede abocar en un fracaso rotundo.