Volver arriba

Campos de identidad

La identidad cons­tituye un proceso simbólico de identifica­ción-diferenciación construido en relación a un marco de referencia: territorio, clase social, partido político, líder político, et­nia, cultura, sexo, edad (Chihu, 2002). Desde esta perspectiva, el Yo (self) de un actor se compone de múltiples identida­des: de género, de clase, religiosa, étnica, nacional y política. La teoría de la identi­dad social, desarrollada por John Turner (1982) gira en torno a tres ideas centrales: categorización, identificación y compara­ción. La primera idea es la de categoriza­ción. Los sujetos sociales categorizan los objetos con la finalidad de entenderlos, de manera semejante, categorizan a la gente con el propósito de interpretar el orden social. De manera similar, se conocen me­jor conociendo las categorías a las que pertenecen. La segunda idea es la de iden­tificación. La gente se identifica con aque­llos grupos a los cuales siente pertenecer. La tercera idea es la de comparación social. Esta noción parte del concepto de autoes­tima positiva. Para enfrentar el mundo de manera exitosa los individuos necesitan sentirse bien consigo mismos. Para eva­luarse la gente necesita compararse con otros similares y puede ganar autoestima comparándose con otros miembros de su grupo. De la misma manera, la gente sien­te autoestima al observar que pertenece a un grupo prestigioso. Grupo que a la vez se compara con otros para incrementar la autoestima.

Un campo de identidad es una arena polí­tica en la que encontramos un actor prota­gonista, un actor antagonista, una au­diencia y un problema (Chihu, 2008). La arena política es el lugar concreto en don­de cobran vida los conflictos políticos, el espacio social en el cual, ante la mirada de un público, se desarrolla un enfrentamien­to entre actores políticos protagonistas y antagonistas. Los integrantes de una arena se componen por los grupos o partidos involucrados y la audiencia, la neutralidad o apoyo de esta última será un factor deter­minante en la contienda; por esta razón, los principales actores tienen como objeti­vo derrotar al contrario y tener como alia­dos a la audiencia. La audiencia es el públi­co al cual está dirigido el mensaje. La audiencia se compone de personas, colec­tividades, observadores imparciales no comprometidos o neutrales, pero poten­cialmente interesadas y potencialmente susceptibles de responder de manera favo­rable hacia las actividades de los protago­nistas.

El framing visual o enmarcado del protagonista se refiere a la autodefinición que hace de sí el candidato en términos de lo que en la literatura se ha denominado «imágenes del candidato». En este caso el enmarcado está dirigido típicamente a mostrar al candidato como una personali­dad confiable y como un líder político ca­paz de asumir las tareas correspondientes al gobierno, es decir, capaz de tomar las decisiones que ha propuesto como solu­ción a los problemas planteados por él. Un aspecto interesante de este proceso de en­marcado tiene que ver con las relaciones entre la imagen del candidato y el partido político al que pertenece. Los mensajes políticos pueden variar, por ejemplo, en la medida en que la imagen del candidato se apoye fuertemente en la imagen del parti­do o se aleje de él, manteniéndolo como algo marginal. Se trata del principio de identidad por medio del cual el actor da una definición de sí mismo. El framing o enmarcado del antagonista se refiere a la definición que propone el candidato de sus contrincantes electorales. Esto puede ser considerado como equivalente a lo que los expertos del marketing político­ denominan como campaña negativa, dirigida a atribuir al o a los candidatos contrincan­tes una serie de atributos, de cualidades o de características que en términos de valo­res se oponen a lo que los electores esperan de un buen funcionario público. Se trata del principio de oposición, por medio del cual, el actor puede dar una definición de aquello a lo que se enfrenta, aquello frente a lo cual se afirma la identidad. Tanto el principio de identidad, como el principio de oposición aparecen en el seno de un conflicto político y social. La presencia de desigualdades sociales hace surgir una serie de conflictos. En torno a esos conflictos surgen actores que reclaman una identidad y definen aquellas fuerzas que, o bien les impiden constituir plenamente su identi­dad, o bien, tratan de minar esa identidad. Los actores políticos intentan legitimarse y, al mismo tiempo, niegan todo tipo de valoración positiva al adversario. Median­te la construcción ideológica, los líderes políticos pretenden identificar sus propios intereses (con los de la totalidad del siste­ma de relaciones sociales) al argumentar que las metas que persiguen y los valores que sustentan son universales y que corres­ponden a todos los miembros de la socie­dad y no sólo al movimiento. Al mismo tiempo, al sostener que el adversario es el principal obstáculo para alcanzar esas me­tas e implementar esos valores universales, el adversario queda despojado de toda identidad social legítima, pues aparece precisamente como enemigo de la totali­dad social. Este tipo de operación ideoló­gica que enlaza la particularidad del actor con los valores sociales generales es una de las dimensiones más importantes de la ac­tividad de enmarcado de los actores políti­cos. En la medida en que el actor político se considera a sí mismo como el único in­térprete de esa totalidad, se adjudica a sí mismo toda una serie de atributos positi­vos en términos culturales, políticos y morales. Por su parte, al adversario se le adjudican atributos negativos y se le consi­dera el obstáculo principal para la realiza­ción de las metas sociales.

Bibliografía/s

  • Chihu, A. (Coord.) (2002): Sociología de la Identidad. México: Ed. MAPorrúa, Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa.
  • Chihu, A. (2008): El framing de los deba­tes presidenciales en México (1994-2006). México: Ed. MAPorrúa, Uni­versidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa.
  • Turner, J. C. (1982): «Toward a Cogni­tive Redefinition of Social Group». En H. Tajfel (Ed.): Social Identity and Intergroup Relations. Cambridge: Cam­bridge University Press.